¿Dónde vas cuando no sabes dónde ir?

Perdida

 

No sé a quién va dirigido esto. No sé qué parte de mí lo escribe ni qué es lo que pretendo más allá de verlo escrito. Escribir es mi manera de hacer real las cosas. Y poderlas afrontar.
Creo que esto es una carta de rendición. Aunque tampoco sería un término muy exacto porque para rendirme antes debería haber luchado por algo.
Pero sea como sea, me rindo. Abandono.
Me reconozco totalmente incapaz de ser una persona funcional.
A mis casi 50 años no sé qué hacer con mi vida, ni qué sentido tiene y ya no sé dónde seguir buscando respuestas.
Acabo de releer un libro de Anne Wilson Shaef titulado “Vivir en proceso. Verdades básicas para vivir desde el alma” y me he dado cuenta de que si existe tal proceso, yo no tengo ni idea del mismo y que desde luego, he estado viviendo desde muchos lugares pero no desde mi alma y desde luego, no con honestidad.
Hay un momento del libro en el que se dice que puedes estar diciendo la verdad pero no estar siendo honesta.
Creo que este escrito es mi primer intento de honestidad.
Ni siquiera sé por dónde empezar.
Por seguir un método, empezaré por lo más evidente.
Me llamo Lola, tengo 48 años, no tengo empleo fijo, vivo sola en un piso que me ha ofrecido la familia en un barrio marginal que decae por momentos y no tengo ni idea de qué hacer con mi vida.
Esto es todo lo que he conseguido a día de hoy.
Ha habido momentos en que a esta exposición de lo exterior, podría haberle añadido que tenía pareja pero poco más. Y lo de pareja podría cambiarlo por ” me agarro a cualquiera que entre en mi radio de acción, a ver si así se hace cargo de mi vida y se me quita un poco esta sensación de ser un completo desastre a fuerza de que alguien me diga que me ama y que no puede vivir sin mí”
Hubo un tiempo en que creía que eso de que no pudiesen vivir sin ti, era lo más romántico del mundo, ahora sé que es un indicio claro de apego y que los que no pueden vivir sin ti son los que no saben vivir con ellos mismos.
Y creo que ahí radica el quit de la cuestión de mi vida. No sé vivir conmigo. No tengo ni idea de quién soy y llevo demasiado tiempo buscando respuestas fuera.
He perdido ya la cuenta de cuántas terapias he recibido, de a cuantos talleres de superación, de gestión emocional, espirituales, de meditación, de terapias alternativas he asistido intentado encontrar respuestas.
He leído todos los libros que creía que tenía que leer para apoyar esas actividades y no voy a decir que no me ayudasen a entender ciertas cosas, ciertos motivos para saber por qué y desde dónde hacía ciertas cosas, pero al parecer, no me han servido para encontrar mis respuestas.
Durante el tiempo que los leía o durante el tiempo que estaba en las terapias había un alivio momentáneo y creía sinceramente que me “había curado” y que conseguiría hacer algo útil con mi vida.
Pero a día de hoy es evidente que eso no es así.
Si he de empezar a ser honesta he de reconocer que ninguno de esos intentos, acabó con el miedo, ni con el sentimiento de indignidad, ni con la sensación de ser un fraude y una fracasada que jamás hará algo bueno con su vida.
Aunque eso no es del todo cierto. Hay algo en lo que sí soy muy buena. En echar balones fuera. En responsabilizar a los otros de todos mis males.
Es el estilo de los cobardes. Cuando no podemos responsabilizarnos de lo que sentimos o de lo que hemos hecho, siempre decimos que la culpa es de los otros, que no nos entieden o, en el colmo de la osadía, que no hacen lo que tienen que hacer para que nosotros seamos felices. ¡Qué egoístas por Dios!
Así ha ido transcurriendo mi vida hasta no hace mucho.
Supongo que la rendición de la que hablaba al principio tiene que ver con que se me han acabado los culpables.
Hace mucho tiempo que no tengo una pareja tras la que esconderme y a la que culpar de mi infelicidad, tampoco puedo echarles la culpa a mis padres que a estas alturas ya ha quedado demostrado que hicieron lo que pudieron y que bastante tienen con su vida como para que intenten arreglar la mia.
Tampoco puedo cargar contra mis hermanos o amigos por la misma razón que he dado para mis padres.
Ni culpar al trabajo (o a la falta de él) ni a a la situación política, ni al cambio climático, ni a mi situación financiera, ni a mi rebelde cuerpo (que se empeña en no ser cómo debería ser) ni a la alineación de los planetas, ni por supuesto a Dios… un blanco perfecto para mis iras porque el muy idiota practica el amor incondicional y ni siquiera puede defenderse de mis ataques.
Sí. Me he quedado sin culpables.
He conseguido detectar algunas de las trampas de mi inteligente ego e ir desactivándolas. He ido descubriendo los variopintos ropajes con los que se cubre y poco a poco acercarme a lo que se suponía que yo era en realidad.
Se suponía que me estaba acercando a mi verdadero Ser, a esa fuente de amor incondicional que dicen que soy y de donde vengo. A esa Hija de Dios que se distrajo en este reino mundano y que ya había emprendido el regreso a casa.
Pues parece ser que no es así. Que el camino que había emprendido sólo me lleva a una confusión mayor y al borde de la rendición.
Reconozco que no sé qué hacer. Tengo mucha información acumulada fruto de todas las terapias que mencionaba antes pero nada parece servirme.
Cuando me quedo a solas conmigo misma no tengo más remedio que reconocer que son palabras muy bonitas. Técnicas muy sensatas y muy lógicas que como decía, me ayudan durante un tiempo, pero que no poseen la fuerza necesaria para contrarrestar los temibles pensamientos que me acosan cuando estoy sola.
A veces, he llegado a pensar que estoy loca o que me falta alguna pieza de serie que me imposibilita ser igual de funcional que todos los demás. Una vez un terapeuta me llegó a decir que quizá mi cerebro no produjese cierta sustancia y que podría recurrir a la química para compensar esa carencia.
Pues igual sí… Pero mira, a estas alturas y después de todo el trabajo personal hecho, (o que creía que había hecho) pues no me apetece ir por la vida en plan zombie y hasta el culo de Prozac, o de cualquier otra sustancia que altere mi química cerebral y que me haga ver la vida un poquito más de color de rosa.
Lo que me lleva a la pregunta del millón: ¿Qué coño estoy haciendo mal? ¿Qué es lo que no veo y que no me permite ser feliz? O al menos, todo lo razonablemente feliz que se puede ser en un mundo que está diseñado para que no lo seas.
Pero dejando el mundo aparte (que ya sabemos que no hay nada ahí fuera que pueda hacerme feliz) ¿Adónde dirijo mi mirada?
Sólo parece haber una opción. Hacia adentro. Hacia mí.
He leído un millón de veces que las respuestas siempre estuvieron en mi interior y esa frase siempre me ha producido gran frustración.
¿En mi interior? ¿En mi interior? ¡No me jodas!
Pues yo miro y no encuentro nada.
Bueno… eso no es honesto.
Cuando cierro los ojos e intento ir hacia el interior, siento una profunda tristeza y una soledad tan grande que casi siempre acabo llorando.
Es como si no hubiese ningún lugar adónde ir.
Si es cierto que las respuestas están en mi interior, viven en un lugar tan inhóspito que soy incapaz de llegar a ellas.
Quizá de ahí mi rendición.
Si no soy capaz de encontrar esas respuestas con ayuda de ningún profesional… y tampoco soy capaz de encontrarlas sola… ¿Cómo se hace para llegar a tu verdad verdadera?
¿Dónde está “eso” capaz de sostenerte en cualquier circunstancia y que te convierte en una persona válida para lidiar con tus acontecimientos diarios?
Yo reconozco que cada vez me cuesta más gestionar mi realidad diaria. Me tiro días enteros en casa sin querer ir a ningún sitio porque me veo incapaz de ello. Pero da igual, aunque no salgas de casa, las agresiones exteriores consiguen llegar hasta mí, bien sea a través de la televisión (o de cualquier otro medio de comunicación) o de los encantadores vecinos que me rodean que hacen aflorar mis instintos más asesinos.
Desde luego están siendo los maestros perfectos para desmontar la amorosa imagen que yo me había hecho de mí misma.
Yo, que me creía muy evolucionada porque he estudiado disciplinas y técnicas muy espirituales, me sorprendo imaginando medios de tortura que ríete tú de la Inquisición Española, cada vez que mis adorables vecinos se dedican a arrastrar todos los muebles de su casa, para convertirla en un tablado flamenco o en un canódromo para su simpático perrito que cuando no se está meando en mis macetas, está rascando el suelo de su casa que es el techo de la mía. Por no hablar de su encantadora hija que camina con la sutileza de una manada de elefantes.
En fín, creo que como ejemplo vale, que me pierdo. Y además, vuelvo a hacer lo mismo. Buscar culpables fuera.
Retomando mi pregunta: ¿Adónde van los que no saben dónde ir?
Este último año he estado buscando respuestas en el estudio de “Un Curso de Milagros” y aunque veo que he entendio la parte teórica que me ha permitido conocer mejor a mi ego y me ha permitido detectar más lugares donde la culpa estaba haciendo de las suyas, tampoco parece que me esté volviendo una persona más funcional y feliz. Se suponía que las cosas iban a dejar de afectarme tanto (al entender que este mundo no existe y que no hay motivo real para preocuparse) y que conseguiría ser más feliz pero de momento, no está siendo así.
No estoy muy segura de no haberlo estado utilizando para negar lo que no sabía gestionar. Durante un tiempo, como todo lo demás, ha parecido que servía. Compartir dudas existenciales con otras personas pareció aliviar la soledad e incluso, como mis conocimientos teóricos eran altos, creí que ayudaba a otras personas que no entendían lo que yo, a nivel mental, ya había asimiliado.
Ahora entiendo eso que dicen de lo osada que es la ignorancia.
Un ciego guiando a otro ciego.
Y reconocido una vez más que sólo sé que no sé nada, sigo sin saber qué hacer.
Se podría creer que esto es perfecto. Que una vez que el ego se rinde, Dios puede hacer su trabajo. Y eso es también parte del problema… que no tengo fe en Dios.
Creo en Ello (no quiero decir Él porque corro el riesgo de personalizar a Dios), no me cabe ninguna duda de que formo parte de algo mucho mayor que ya tiene esa sabiduría que yo voy buscando pero reconozco que no tengo fe en esa fuerza.
Demasiadas veces le he pedido ayuda y no ha habido respuesta… o al menos, yo no he sabido verla… Así que he llegado a la conclusión de que debe estar ocupada con asuntos más importantes que yo. Ya ni siquiera estoy enfadada con Ello. Incluso lo veo normal. ¿Cómo va Ello a preocuparse (o a ocuparse) por alguien como yo?
Seguramente estoy siendo injusta con esa gran fuerza pero esto se trata de ser honesta. Y siendo honesta, eso es lo que hay.
Así que, repito: ¿Dónde va alguien que no sabe dónde ir?

                                                                                                                                                                               Lola Ruiz Orozco

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